
🌧️ La tormenta de verano y el secreto del petricor
Tiempo de lectura: 4 minutos.
📖 Un cuento para edades de 5 a 8 años.
⏳ Tiempo de lectura: 4 minutos.
📝 Una tortuga ingeniosa prueba inventos disparatados junto a sus amigos.
🗂️ Clasificado en: Cuentos de aventuras - Cuentos de animales - Cuentos de amistad - Cuentos de fantasía - Cuentos sobre inspiración y creatividad
Érase una vez una tortuga llamada Tula que soñaba con volar.
No le bastaba con caminar por la tierra ni nadar en el río. Ella quería ver el mundo desde el cielo.
Sus amigos la acompañaban en todas las locuras: Aracelia, la araña, era la ingeniera del grupo y dibujaba planos en sus telarañas.
Tizo, el tejón, era el mecánico, martillaba cualquier cosa que se pareciera a una palanca.
Y Croco, el sapo, no es que supiera hacer mucho, pero era un gran entusiasta y, además, podía inflarse hasta parecer un globo.
Aquella tarde ya tenían un invento preparado: un par de alas de hojas secas sujetas con telarañas.
Tula subió a una roca, se ajustó el casco que se había hecho con un colador, se puso las gafas que le había cogido a escondidas a su abuelo, se preparó y… ¡plof! Terminó enredada como una croqueta.
El segundo invento aprovechaba la habilidad de Croco. Se sujetó al caparazón de Tula con sus patitas y ella volvió a subirse a la roca.
—¡Listos para despegar! —gritó Tula.
Croco cogió todo el aire que pudo, hinchándose al máximo. Se lanzaron desde la roca y durante tres segundos flotó en el aire… hasta que Croco, rojo del esfuerzo, soltó el aire con un “fuuuuuuuuuuu”. Los dos rodaron colina abajo.
El tercer invento fue una catapulta construida por Tizo.
—¡Cuenta atrás! —anunció la araña.
Tres, dos, uno… ¡ZAS!
Tula salió disparada, gritó “¡soy una tortuga voladoooora!”… y aterrizó de morros en un seto.
Entonces apareció su padre, cruzado de brazos:
—¡Tula! —resopló—. ¿Otra vez con tus inventos ridículos? ¡Una tortuga no vuela!
Tula se recolocó el casco torcido, se sacó las ramas del caparazón y respondió con calma:
—Ya, papá… pero casi, casi lo consigo.
Aquella noche, acostada sobre su cama de hierba, con un chichón en la frente y parte de la telaraña aún pegada al caparazón, escuchaba adormecida a los grillos. Su mente ya empezaba a volar, llevándola a las nubes.
—Mañana probaremos otra cosa —murmuró antes de quedarse completamente dormida.
Al día siguiente, presentó su nuevo invento: un artefacto hecho con una sombrilla rota, cuatro globos de feria atados al caparazón, un tirachinas gigante de Tizo y un par de calcetines viejos como alas de repuesto.
Aracelia se llevó las ocho patas a la cabeza:
—Esto no puede salir bien.
Pero Tula sonrió con entusiasmo, así que los amigos se pusieron manos a la obra. Cuando el artefacto estuvo listo, la pequeña tortuga se ajustó las gafas y gritó:
—¡Despegue!
La catapulta se activó, los globos se tensaron, la sombrilla se abrió como un ala disparatada… y, contra todo pronóstico, Tula planeó de verdad.
Voló torpe, bamboleándose, pero voló. Dio una vuelta sobre el prado, rozó la copa de un árbol y aterrizó con un gran chapuzón en el río.
Cuando sacó la cabeza del agua, Tula gritó, feliz:
—¡Lo veis! ¡He volado!
Su padre, que lo había visto todo, sonreía con ternura.
—Bueno… supongo que no puedo discutirlo —dijo rascándose la cabeza.
Y Tula, con el casco de colador chorreando y las gafas torcidas, sonrió satisfecha. Porque ya no era una tortuga cualquiera: era la tortuga que aprendió a volar.
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