🌋 El volcán de Blas
Tiempo de lectura: 4 minutos.
📖 Un cuento para edades de 4 a 8 años.
⏳ Tiempo de lectura: 3 minutos.
📝 Un día lluvioso donde los charcos pasan de ser un problema a parte del camino.
🗂️ Clasificado en: 🥹 Cuentos para aprender emociones - 👨👩👧 Cuentos sobre la familia - 🎨 Cuentos sobre inspiración y creatividad - 😴 Cuentos relajantes
Esa mañana de otoño, la ciudad amaneció completamente gris, como si alguien hubiera puesto una manta sobre los tejados. Llevaba lloviendo toda la noche y no parecía que fuera a parar. Las gotas caían sin clemencia sobre los paraguas de los valientes que salían a la calle, y el agua corría por las aceras formando charcos y riachuelos que se encontraban en cada esquina entre remolinos.
—No pises los charcos, por favor —dijo mamá por tercera vez mientras avanzaban hacia el cole. Camila, que iba concentradísima en no resbalar, no pisar hojas traicioneras y sujetar su paraguas contra el viento, asentía muy seria. Pero era una niña, y entre el despiste, el torpe equilibrio matutino y las aceras llenas de trampas líquidas… pues alguna salpicadura caía.
Un pequeño salto para evitar un charco enorme acabó con ella dentro de otro, más pequeño pero igual de traicionero. Plaf. El bajo del pantalón quedó húmedo y frío. Y la zapatilla izquierda, un pelín calada.
Mamá la miró con resignación. —Ay, hija… —soltó, pero sin enfadarse. Ya llegaban al cole.
En clase, Camila se sentó mirando de reojo sus pantalones oscuros por la lluvia. La maestra habló del otoño, de los árboles y del vapor que sale de la boca cuando hace frío. Afuera, la lluvia seguía cayendo con esa luz ceniza que lo suaviza todo. En el recreo no pudieron salir al patio. Jugaron en el aula, construyendo fortalezas con libros y lápices mientras escuchaban el tamborileo constante en los cristales.
Cuando por fin sonó la hora de salida, mamá la esperaba en la puerta. Y vaya si venía preparada: botas de goma brillantes, un chubasquero con forro calentito y una bolsa con ropa seca.
—Ven aquí, mi vida —dijo. Le cambió las zapatillas por unas botas verde menta y le puso la cazadora impermeable. La niña sintió ese alivio delicioso de estar calentita mientras el ambiente está frío.
Emprendieron el camino de vuelta a casa con calma, bajo la lluvia que ya no molestaba tanto estando bien preparada. Camila, curiosa, se acercó al borde de un charco y lo pisó apenas con la puntita de la bota. Nada. Ni una sola advertencia. Solo la mirada de mamá, que la observaba de reojo con una sonrisa escondida.
Así que probó con otro. Y con otro. Y al final, con todos.
Iba saltando, chapoteando, levantando pequeñas coronas de agua. Era una delicia jugar con el agua mientras sus pies se mantenían calentitos y secos. Su risa se mezclaba con el golpeteo de la lluvia. Mamá caminaba a su lado en silencio, disfrutando de la escena, sin decir absolutamente nada.
Solo pensaba:
Ahora sí, hija mía. Ahora puedes pisar todos los charcos del mundo.
Y vaya si lo hizo.
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